Te llevabas mi luz.
Te llevabas mi luz.
Una luz que yo creí que era tuya.
Al principio brillabas tanto que pensé que eras tú quien iluminaba esta habitación, esta etapa, esta vida.
Hacía mucho tiempo que aquí no había tanta claridad.
Creí que la habías traído tú.
Eso creía yo.
Hasta que empecé a mirar de verdad.
Tus ojos brillaban, sí.
Pero los esfuerzos los hacía yo.
Me convertí en refugio.
Y al principio no me parecía mal.
No me parecía mal ser hogar, descanso, sostén.
Un lugar donde curar heridas emocionales y físicas.
Un sitio donde parar.
El problema es que yo también tenía heridas.
¿Y sabes cuándo las viste?
Cuando te las conté.
Despacio.
Con cuidado.
Y entonces me dejaste sola.
Más sola que antes.
Causándome más daño.
Clavaste silencio en cada una de ellas.
Una semana entera.
Una semana de mutismo absoluto, de incertidumbre, de miedo.
Hasta el punto de tener que hablar con tu familia para saber si estabas bien, si estabas vivo.
Me pedían paciencia contigo.
Que te agobiabas fácil.
Esperé.
Esperé y lloré.
Me desgasté.
Y mi cabeza lo supo antes que mi corazón:
yo era tu hospital.
Tu refugio.
Tu lugar seguro.
Mientras tú huías.
Volviste después, pero sin querer hablar.
Y yo acepté.
Había que ir despacio contigo.
Cuidarte.
Sostenerte.
Confundí eso con amor.
Pensé que podía salvarte.
Me quedé.
Y me vendé el corazón.
Mientras tanto, mis heridas seguían sangrando.
Cada vez que no contestabas, mis miedos se activaban.
Yo dudaba de mí.
Pensaba que la falta de respeto hablaba de mí, no de ti.
Hasta que entendí algo muy simple y muy duro:
tú ya te habías ido de la relación.
Venías solo a recargar.
Como a una estación.
Absorbías mi energía, mi luz,
y te la llevabas para otros.
Mi vida quedó en pausa.
Quedarme fue mi responsabilidad, sí.
Pero drenarme fue cosa tuya.
En mis momentos más bajos me destrozaste.
Y aunque la palabra culpa incomode,
hay cosas que hay que asumir.
Mientras tú hacías tu vida,
estabas feliz,hacías planes, estabas bien.
Conmigo no tenías energía, ni paciencia, ni ganas.
Era tu centro de recuperación, tu sostén y lo peor es que no me importaba.
Hasta que me vi.
Aquí, perdiendo todo lo que había avanzado.
Esperando a alguien que decía que vendría y no venía.
Soportando mentiras, silencios, ausencias.
Hasta que un día mi cabeza decidió quitarle la venda a mi corazón.
Y los dos vieron lo mismo:
estaba drenada.
Vacía.
Yo, que siempre había sido fuerte, casi inmortal,
estaba entregando mi luz a alguien que se la llevaba para otros
y me dejaba a mí abandonada.
Ahí dije basta.
No vas a seguir apagándome.
Si quieres luz, no será la mía.
Te solté.
Te dejé ir.
Apagué todo lo que yo te había dado
para que tú volvieras a ser quien eligieras ser.
Y para volver yo a cuidarme.
Porque esa luz nunca fue tuya.
Era mía.
Y ha vuelto.
He recuperado la claridad.
He vuelto a hacer cosas.
He vuelto a estar en mí.
Ahora todo está iluminado y la lección está aprendida.
Siempre ayudaré a quien quiera.
Siempre amaré con todo.
Pero nunca más a alguien que no me cuide también.
Porque yo no voy a ser como tú.
Escucha el podcast de Voz sin Máscara
Palabras desnudas, duelos y pequeñas verdades que duelen pero liberan. Si te quedas hasta el final del texto, te espera una voz que acompaña.
Nuevo episodio cada viernes. Voz sin Máscara — historias que no suenan bonitas pero son verdad.
